Categoría: Cuarto de máquinas

Secretos a voces, tabúes, mitos, leyendas y eso que todos saben, pero todos esconden.

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Dale un giro a tu carrera

Estudiar un posgrado para algunos más que un deseo se ha convertido en una exigencia del sector en el que se desenvuelven. Pero la decisión ya no es como cuando uno tenía 18 años y tenía que elegir qué estudiar, pues el escenario y los retos son diferentes. Cuando uno ya cuenta con una trayectoria laboral, las responsabilidades cambian. Incluso, nuestra vida personal ya no es la misma, porque quizá ahora tenemos familia o personas que dependen de nosotros –como pueden ser los propios padres– o simplemente hemos asumido otro tipo de compromisos: la compra o renta de una casa, de un coche o algún crédito personal (tarjeta de crédito), entre otros.

Como toda decisión importante en la vida, uno debe tomarse una pausa para reflexionar varios aspectos. La primera pregunta que debemos respondernos es por qué hacer un posgrado. Muchas personas lo hacen buscando un cambio de carrera, otras porque están persiguiendo un ascenso y unas tantas más por el mero placer de regresar a la academia.

El motivo importa porque te puede dar las primeras pistas para ir cerrando el abanico de opciones. Por ejemplo, si tener una maestría es una condición para que te asciendan en tu trabajo (situación que en las instituciones financieras suele darse con frecuencia), quizá la opción de irte al extranjero queda descartada, pero por otro lado es probable que la propia compañía te ayude a solventar el gasto.

Ahora bien, si lo que buscas es darle un giro a tu carrera, pensar en otro país puede ser más factible. Claro, eso si no tienes familia, porque justamente el entorno es otra de las variables que debes tomar en cuenta. ¿Tienes hijos? ¿Cómo les afectaría si tu regresas a estudiar? ¿Tu sueldo te alcanza para solventar el gasto de la matrícula? Las respuestas serán otros parámetros que te servirán para hacer la elección de tu programa.

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Nos vamos a divorciar

Tomar una decisión de tal trascendencia siempre tiene una complejidad ciertamente abrumadora, pero una vez que lo hacemos, si tenemos hijos, comunicárselos es el siguiente paso. Pero antes quitémonos varias telarañas de la cabeza: decirle a los hijos que sus padres se van a divorciar debe hacerse con la mayor franqueza y honestidad posibles, olvídate de quienes te dicen que los vas a lastimar o, peor aún, que les vas a generar algún trauma, porque no necesariamente debe ser así.

“El miedo que les produce a los padres las situaciones a las que se van a enfrentar es paralizante, sobre todo cuando alguna de las partes es dependiente del otro económicamente, porque surgen preguntas como: ¿y ahora qué?, ¿dónde voy a vivir?, ¿tendré que empezar a trabajar? Se abre un nuevo mundo de inquietudes para los papás y, por supuesto, la preocupación más grande son los hijos: ¿con quién van a vivir?, ¿cómo los van a mantener? y demás”, dice la especialista en psicología educativa Claudia Garnica, coordinadora de la consejería académica del Tecnológico de Monterrey, Campus Ciudad de México.

divorcio3Los padres entran en un laberinto donde la salida más fácil es no divorciarse para no enfrentar a los hijos a este nuevo mundo de incertidumbres. Además, eso evita que los papás se enfrenten así mismos. Sin embargo, esta es una de las peores trampas que se pueden poner, porque aunque no le dicen a los hijos lo que está pasando, comienzan a utilizarlos como monedas de cambio, más aun cuando estos son todavía muy pequeños como para percatarse por sí mismos de lo que realmente sucede. Todo esto los afecta más que hablarles con la verdad.

Por eso, es fundamental saber en qué etapa de la vida se encuentran los hijos para saber qué y cómo decirles. Como dice la especialista, “divorciarse es algo que se tiene que poner en palabras”. Un niño puede interpretar muchas cosas y es común que los subestimemos, pensando que no lo va a entender. “Por el contrario, el niño tiene un campo de pensamiento mucho más amplio que el de un adulto, pues nosotros con la edad vamos cerrando esos canales”, añade.

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Viaje de regreso

“Busca ayuda. Ve al sicólogo”, es lo que muchos amigos o familiares recomiendan, cuando te ven mal; pero, ¿porqué no recomendar lo mismo cuando te ven bien?

Obvio: porque si estás bien, no lo necesitas. Creo que esta creencia es un tanto equivocada, y va más en línea con la vieja idea de que a los sicólogos o siquiátras solo van los enfermos y locos, los deprimidos o los sicópatas. Nada más equivocado que esto.

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¿Te acuerdas de mí?

Nota introductoria

mechitaaleiEn 2002, Mercedes, mi abuela materna –en ese entonces de 80 años de edad–, había sido diagnosticada con Alzheimer cerca de 10 años atrás, y en ese año se encontraba en la segunda etapa de la enfermedad. No sobra decir lo especial que era ella para mí, pues fue la mejor cómplice durante mi infancia. Yo era su nieta más grande, y sí –aunque se pongan celosos mis primos– probablemente era su consentida.

En esa época, yo ya llevaba dos años estudiando periodismo en la universidad, y por primera vez tuve que realizar un reportaje. Lo vivido con mi abuela, durante su enfermedad, fue una experiencia que me marcó para siempre, por lo que necesitaba saber todo lo que se pudiera sobre la demencia senil y el Alzheimer. Así que ese fue el tema que elegí para cumplir con el proyecto académico.

mechitaaleiiLo de menos fue la calificación que obtuve –sinceramente, ni siquiera la recuerdo– sino los efectos que tuvo en mi familia al leerlo, sobre todo en mi madre, quien era la cuidadora primaria de mi abuela. Nuestra forma de afrontar la realidad cambió gracias a este inocente trabajo universitario, y me hizo descubrir mi verdadera vocación, en la cual me sigo desempeñando hasta el día de hoy.

Mi abuela murió en 2005, a los 83 años, no muy consiente de lo que estaba sucediendo en los minutos finales de su vida. Debido a los delirios provocados por su Alzheimer, ella se fue pensando que estaba en medio de un bautizo (claro, doctores vestidos de blanco, sus hijos y nietos cerca de ella y los flashes de las pruebas de gabinete hospitalario, le hicieron pensar que todo era una fiesta). Partió justo un año antes de graduarme, por lo que tampoco pudo apreciar a su primera nieta hecha toda una doble licenciada (por aquello de las dos carreras que me eché).

mechitaSin embargo, al día de hoy no la recuerdo con tristeza; al contrario, estoy segura de que donde quiera que está me sigue acompañando en los momentos más importantes de mi vida, como lo hizo con este reportaje que me estrenó como la periodista y diseñadora que soy hoy en día.

Es extenso para ser un texto en un blog, pero aún así lo quiero compartir, con la esperanza de que le sirva –tanto como a mí– a alguien que esté atravesando por una situación similar, con algún familiar o amigo demencial.

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¿Y tú, para cuándo?

Soltero: primero, adjetivo para indicar a aquel que no está casado; segundo, adjetivo para referirse a algo (o alguien) que está suelto o libre. Ojalá fuera así de sencillo explicarle a los demás el estado civil que hemos elegido, con simplemente agarrar el diccionario y leerles a nuestros cercanos la definición –que, por cierto, si me lo preguntan, prefiero la segunda que la primera. Lamentablemente, definir algo en la vida nunca resulta fácil y aunque, en muchas ocasiones, nosotros lo tenemos perfectamente claro, para los demás ser soltero por elección propia resulta algo inconcebible.

Por todos lados nos invaden con preguntas o premisas que constantemente debemos responder –o al menos eso esperan de nosotros. Cumplir con las expectativas de los demás se vuelve una misión imposible y los prejuicios se ponen a la orden del día. Pero no nos agobiemos, justamente estar seguros de lo que deseamos para nosotros mismos es lo que nos dará las armas para responder a esas situaciones incómodas y salir bien librados de ellas.

Dicen que las conversaciones inteligentes son como los partidos de tenis: uno lanza una bola y si la respuesta del otro es aguda, nos obligará a pensar y mejorar nuestro próximo saque. Así que a partir de este momento imaginemos situaciones en las que podríamos vernos inmersos y veamos cómo podemos salir bien librados de ellas.

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Pánico escénico a la hoja en blanco

Abrir un blog nunca resulta fácil, porque es pasar por el mismo proceso creativo del escritor frente a la hoja en blanco, el actor en la función de estreno o el científico probando su teoría. El temor al fracaso, a la burla o al ridículo siempre está presente, pero es quizá ahí donde está el meollo de todo: en el miedo a equivocarse.