Reconociendo una nueva ciudad

Aunque había estado en España antes, nunca había pisado Madrid. Me habían dicho que era una ciudad con mucha vida y que tiempo era lo que me iba a faltar para poder asistir a todo lo que en ella se ofrece. Tenían razón.

Mis primeros días los dediqué solo a reconocer el barrio donde llegué a vivir –entre La Latina y Lavapiés– pero pronto descubrí que me encontraba en el centro y todo me quedaba caminando. Así que unas cuantas tardes no serían suficientes (y menos aún cargando un jetlag que me obligaba a dormir cuando todo mundo estaba despierto y viceversa).

La gente

“Sentirse como en casa” no es algo que se dé rápido, y es que uno pensaría: “estás en España y todos hablan tu mismo idioma, ¿qué tan diferente puede ser?”. Lo es y en buena medida. En primera, una de las cosas fascinantes es que Madrid está llena de extranjeros y constantemente se escuchan tantos idiomas, que uno de repente no sabe dónde está. Es más, a veces, el castellano es lo que se escucha menos en las calles. Los colores de las pieles son variados y claramente se puede distinguir de dónde viene cada uno.

¿Será que el madrileño es un mito urbano?

Incluso, los propios españoles que viven en Madrid, no son de la ciudad. Todos nacieron en alguna otra provincia y la mayoría solo está aquí por una temporada. Conocer a un 100% madrileño es tan difícil que comienzo a pensar que son solo un mito, una leyenda urbana.

Otra idea más que hasta ahora comprobé es que los españoles son personas amables y respetuosas, contrario a lo que me decían en México. Dicen que para nosotros, los latinos, ellos nos pueden parecer personas bruscas, rudas, gritonas y hasta prepotentes. Para mí, nada más alejado de la realidad. No sé si es porque dicen que mi segundo nombre es Napoleoncita, pero por primera vez nadie me juzga por hablar golpeado. Así que algo de española forzosamente traía en la sangre y fue de las primeras cosas que me hizo sentir en casa, y a las que me adapté rápidamente: a ir al grano, olvidar los diminutivos y ser directa al comunicarme, cuestión que me fascina.

Nuevas palabras, nuevos usos.

Aunque aún no seseo como la Pau –y espero nunca hacerlo– admito que me encanta la riqueza del lenguaje español, y me he hecho de nuevas palabras, como las clásicas “tío/tía, coger, joder, recto (en lugar de derecho), bus/autobús, charlar, nevera, pereza”, pero también otras más ajenas, como “mola o guai”, que son algo así como “cool y padre” en México.

La comida

Debo confesar que solo de “oídas” la comida española no se me antojaba para nada. Además, me causaba terror la grasa de los embutidos y quesos que habría por acá, pues –como saben– apenas acabo de recuperar mi figura tras perder 10 kilos de peso. Qué equivocada estaba.

Andar de bar.

La comida española es mucho más que eso: las tapas, las mil un formas de preparar las papas, las cañas (cervezas con más grados de alcohol que las mexicanas y que se toman como agua todo el día), los vinos, la tortilla española, las raciones… ¡Uf! Es para volverse loco. Menos mal que mi nutrióloga advirtió las tentaciones a las que me enfrentaría y me traje un plan de ataque para disfrutar de todo sin culpa.

Mi primera jornada gastronómica por acá empezó muy bien con un festival de tapas y cañas llamado Tapapiés, donde los diferentes bares preparan una tapa especial para concursar por el título a la mejor, y puedes probarla junto con una caña. Todo a un euro. Entonces, ya se imaginarán: probé al menos unas cinco o siete. 

Festival de tapas.

Además, por fin aprendí eso a lo que le llaman “andar de bar”, y me encantó. La costumbre acá no es quedarse en un solo sitio, sino tomar algo en uno y luego probar otro para seguir la fiesta hasta acabar en alguna pizzería para mitigar el hambre de las cinco o seis de la mañana.

A veces los lugares están a reventar, pero poco importa. Todos (o la mayoría) permanecen de pie, por la misma razón, y porque sentarse puede costar un poco más. Las barras son como deben ser las de los bares de película: con un bar tender que siempre “te da bola”. Además, la gente va vestida como quiere y aunque no falta quien te mire de abajo hacia arriba, a pocos les importa. No existen las famosas “cadenas” de discriminación que tanto odio de México. Acá simplemente se trata de pagar o no pagar y ya está, sin preocuparte por la apariencia. En definitiva, el ambiente no es nada parecido al de mi país, debo admitirlo, y si me preguntan: me quedo con el de Madrid mil veces.

Las calles

Llevo poco más de un mes y la lista de lugares para recomendar es amplia ya. Por eso, he decidido que en mis siguientes entregas hablaré de cada una de las experiencias por acá. Pero antes, hay algunas cosas que debo decir de las calles de Madrid.

La herencia que guardamos de los españoles se nota en nuestros centros históricos, pero es hermoso caminar donde todo parece un centro histórico. Es una metrópoli llena de edificios con historia, plazas públicas y restaurantes

Tiene avenidas grandes e importantes, por lo que mis primeras rutas fueron Calle Mayor, Gran Vía, Paseo de la Castellana, Alfonso XIII y Atocha. La Plaza Mayor, Plaza del Sol, Callao (como dijo un profesor: el Times Square español) y Plaza España son puntos de reunión, de manifestaciones; son los distintos corazones que tiene esta ciudad y a veces tan solo sentarse a contemplar el día y la noche en una de ellas basta para escuchar su latido.

En esta casa vivió José Martí.

Me llama mucho la atención que en cada edificio existe una placa de quién vivió ahí o que sucedió antes de que fuera lo que ahora es. Puedes aprender mucho de historia con tan solo mirar lo que te rodea en las calles. Además son angostas, por lo regular, y ordenadas. Existen paradas de autobús y cruce de peatones que los autos y la gente respetan (casi siempre). Como buena latina, todavía me cuesta trabajo mirar sin preocuparme porque un auto me pase encima, pero acá siempre se detienen. Basta con que te miren esperando a cruzar.

La excepción

Al principio les hubiera dicho que, además de todo lo que ya les he narrado, Madrid es una ciudad limpia y sin caos, pero quizá por razones circunstanciales y pasajeras no puedo hacerlo. Tristemente la ciudad me recibió con una huelga de estudiantes y docentes (incluida la Universidad Complutense a la que vine a estudiar, entre otras cosas), situación que hizo mis primeros días de reconocimiento de la ciudad y el centro de estudios algo más que emocionante. Pero debo decir que hasta sus manifestaciones públicas son más ordenadas y seguras que las de la CDMX. No dejan de ser riesgosas, pero nada comparado a lo que he visto en Paseo de la Reforma o el Zócalo. Lo que sí es que el Campus Somosaguas de la “Complu” (como le dicen acá de cariño) parecía una ciudad fantasma y solo corría el viento envuelto en las pintas de las paredes. Me recordó mucho a nuestra UNAM.

Por si fuera poco, unas semanas después (ya que la huelga de estudiantes había terminado), comenzó una nueva: la de los servicios de limpia y jardinería de la ciudad. Esa sí que fue terrible. A pesar de que su sistema de recolección de basura es mucho más eficiente y ordenado que el que tenemos en México –y similar al de Aguascalientes, por ejemplo– ver las montañas de desperdicios acumulados por todas partes y caminar entre sustancias pegajosas y papeles, en el mejor de los casos, fue terrible y desalentador, aunado a la llegada del frío. 

Fueron días grises en Madrid, donde daban pocas ganas de salir, y el malestar fue tal que hasta el hecho fue cubierto por la prensa internacional. Como dijo una compañera chilena: “menos mal que aquí no tienen perros callejeros, porque en nuestro país sería peor aún”.

Paro de servicios de limpia.

Finalmente, la presión de los ciudadanos tuvo efecto y se llegó a una solución tras poco más de diez días de vivir inundados de basura, donde ese delicioso olor a pan que caracteriza la ciudad se convirtió en un asqueroso aroma fétido.

Este en tan solo el inicio de lo que ha sido Madrid para mí, con sus claros y oscuros, y como bien me dicen: “es tan solo el principio de muchas historias que me esperan”.

Un poco más…

Aunque, como ya lo mencioné, en mis próximas publicaciones comenzaré a escribir sobre cada aventura y lugar que experimenté por acá, les quiero compartir al menos tres páginas que son de gran utilidad para empezar a dominar esta maravillosa ciudad: