Despedidas y bienvenidas

Otra vez voy a hablar de mí, pero les prometo que será la última (al menos en un buen tiempo). No lo pude evitar, porque se trata de una historia que deseo profundamente compartir.

Mi despedida de México, como suelen ser todas las despedidas, no fue sencilla. Uno se confía pensando que ya lo tiene todo listo: carta de aceptación de la universidad, visa, boleto de avión, un lugar a donde llegar y ya está. “Solo me queda dejar mi departamento, hacer la maleta y armar una que otra reunión para decir hasta luego”, decía con cierta tranquilidad. Qué equivocada estaba.

Se ve todo tirado, pero les prometo que tenía un orden.

Fueron dos semanas muy intensas de comer mal y dormir verdaderamente poco. Afortunadamente, todas mis cosas de mi modesto departamentito en la Narvarte cupieron en la que era mi habitación en casa de mis padres. Usando sus habilidades para el Tetris, mi padre logró acomodar todo (hasta el refrigerador), para así poderme ahorrar el dinero de la renta de una bodega. Mis cosas quedaron en cajas marcadas con su contenido.

La maleta y el equipaje emocional

Fue un momento interesante y oportuno para deshacerme de cosas con las que no quería cargar más, ni dejar guardadas, y hasta ese momento me di cuenta de lo que realmente estaba apunto de vivir. Es fácil decir ‘me voy y dejo todo’, pero hacerlo es todo un reto personal y emocional.

Traté de deshacerme de viejos recuerdos que ya no tenía caso almacenar. Me fui olvidado de la famosa frase ‘por si se me ofrece’, tratando de pensar que sea lo que sea que me esperara en Madrid en su momento averiguaría cómo resolverlo. Viajar ligero fue la meta.

Trucos para viajar ligero y salir de apuros

Separé las cosas que me iba a llevar, y por fin terminé de dar el salto completo a la tecnología. Armé mi computadora, iPad y teléfono móvil con lo que necesitaba: adiós libros, libretas, bolígrafos, mapas, guías, documentos impresos, pues todo me cabía maravillosamente en un PDF y unas cuantas apps.

Decidí llevar solo dos maletas y no más, una para el frío y otra para el calor. No me llevé nada de México, en parte porque no tuve tiempo, pero también porque quería extrañar mi país. Últimamente me tiene tan decepcionada que preferí dejar que el tiempo haga su trabajo y me enseñe a valorar lo que dejo. Así que fuera tortillas, chilitos, nopales, salas, moles, dulces típicos y cualquier otra sugerencia. Admito que lo único que no pude evitar fue comprarme una buena botella de tequila en el famoso Duty Free para no llegar con las manos vacías a la “Madre Patria”, como le dicen algunos (pues a mí me desagrada bastante la expresión).

Terminé los últimos trámites pendientes: todavía el martes en la mañana, antes de tomar el avión, estaba en el banco resolviendo lo de la cancelación de mi cuenta de nómina, pues vaya que Scotiabank se encargó de convertirse en mi segundo banco más odiado después de HSBC.

Me despedí de mis amigos y familiares cercanos, a quienes por cierto pensaba empacar en el corazón, y de quienes ya no me despedí quedaba claro por qué. Pero justo ahí descubrí que el equipaje más difícil era precisamente ese: el emocional. ¿A quién te llevas y a quién dejas? ¿Qué momentos se van contigo y cuáles de quedan atrás? Preguntas como estas me invadieron los últimos días.

Aunque ya había visto la película, gracias a su recomendación (incluso en este mismo blog escribí sobre ella), de manera muy atinada mi jefe me dio el único libro que decidí llevarme para el avión: Comer, rezar, amar. En él comencé a encontrar algunas respuestas y excelentes ideas para construir mi propio viaje al interior de mí misma.

Tomar el avión

El día llegó y recuerdo que al levantarme lo primero que pensé fue ‘bien, es el momento de abrazar la libertad, la incertidumbre, de confiar en ti y de saber que no importa a que te vayas a enfrentar tienes a tu mejor compañera: tú misma. Demuéstrate quién eres y de qué estás hecha’.

Siempre he sido muy miedosa, nunca he tenido reparo en admitirlo, pero paradójicamente también siempre estoy dispuesta a enfrentar cualquier temor. Si algo no me permito es que el temor me paralice. Casi siempre a aquello que más desconfianza me causa es a lo primero que busco enfrentarme. Esta vez no sería diferente.

Ya instalada en el avión, miré por la ventanilla y pensé ‘queridos compas: ahí les encargo mi país; cuídenlo mientras regreso’. La pareja que me tocó a lado se mostró amable. La señora me platicó toda su vida. Era una de esas mujeres acaudaladas del norte del país (de Coahuila, para ser precisa) que no se cansó de decirme lo mucho que disfrutaría Madrid y de lo maravillosos que son sus hijos, quienes habían viajado cantidad de veces a Europa. Por un momento pensé que no me dejaría disfrutar de esos maravillosos momentos de reflexión que se dan en los trayectos de un lugar a otro, pero no fue así. 

Cuando saqué mi libro entendió el mensaje. Más tarde revisé la cartelera y encontré un clásico de gánsteres: Buenos muchachos de Martin Scorsese. Genial. Cenamos, comencé a ver la película y, contrario a lo que me suele suceder en los viajes, el sueño me venció. Dormí durante todo el vuelo. Desperté hasta que empezaron a repartir el desayuno y aproveché para terminar de ver la película (excelente, por cierto, y con buenas actuaciones).

Bienvenida a Madrid

Llegué al aeropuerto, tomé un carrito para cargar mi equipaje cómodamente y salí esperando reconocer la cara de un buen colega que amablemente se había ofrecido a ir por mí. No había nadie y la aventura comenzó.

Agotada, pero con sonrisa de oreja a oreja.

Unos minutos después apareció con una cámara de fotos y me dijo: ‘para que recuerdes la cara con la que llegaste; te la mostraré cuando te vayas’. Buena idea. Seguramente querré verla y soltaré una carcajada.

Mi nueva habitación, sin muebles.

Tomamos un taxi por necedad mía, pues quería que fuera un arribo cómodo, y con el menor estrés posible. Al llegar al piso que vamos a compartir, me enseñó mi habitación que no tenía nada más que un viejo colchón sin cobijas y una sucia cajonera. Pensé: ‘justo como lo imaginé’. Salimos al supermercado y recorrimos las primeras calles del barrio contiguo. 

Mi colega admite que fue plan con maña, pues quiso mostrarme primero la cara menos amable de la ciudad. Se trataba de Lavapiés, un barrio de los antiguos de Madrid, muy cercano a Plaza Mayor, donde ahora habitan muchos inmigrantes de diferentes partes del mundo. “Estamos en la mismísima Torre de Babel”, me dijo.

No lo puedo negar, en ese momento Madrid me pareció un tanto intimidante, pero eso apenas era el comienzo. Me sentía agotada, pero no quería dormir, así que después de comer empecé a desempacar algunas cosas, solo lo indispensable. Mi compañero de piso regresó a sus obligaciones y más tarde conocí a mi otra compañera: una chica brasileña. Los tres somos periodistas y coincidíamos para estudiar un máster, ellos en periodismo y yo en negocios culturales.

Mi nuevo refugio, ya con muebles.

Llegó la noche, prendimos por un rato la calefacción y a falta de cobijas, dormí con una chamarra puesta con el colchón sobre el piso y un sucio cojín. Así pasaron tres días hasta que llegó el fin de semana y el cielo se iluminó con el maravilloso letrero de Ikea, una tienda económica de muebles ‘hágalo usted mismo’ famosa en Europa. Compré lo indispensable: un colchón nuevo, cobijas, una mesa y una silla, como cuarto de monja. Dejé atrás el jetlag que me había obligado a dormir hasta las dos de la tarde y le di la bienvenida a una nueva semana en la que ahora se convertiría en mi nueva ciudad.

La aventura había comenzado.

Un poco más…

Como saben, siempre me gusta dejarles algo más para mirar, y en esta ocasión les dejo la ficha técnica y el tráiler de la película que vi en el avión. Si no la han visto, vale la pena que la busquen, pues es de esas joyitas del cine de mafiosos que tanto fascina.