El Inversionista que todos llevamos dentro

Esta vez quiero para compartir una historia personal, porque en mis días de universitaria jamás me imaginé que la relataría. Yo inicié mi carrera con la firme intención dedicarme al periodismo cultural, pero por esas vueltas que da la vida acabé justamente del otro lado, en aquel al que alguna vez me negué rotundamente: el periodismo financiero.

Mi primer acercamiento real con el mundo de la economía fue en 2010, cuando un editor me dio la oportunidad de incorporarme a una revista de finanzas personales llamada Inversionista. Hasta hoy sostengo que fue una publicación que te cambiaba la vida, pero ahora me gustaría contarles por qué.

Efectivamente, entrar al mundo de las finanzas no es cosa de un día, requiere de una capacitación –cuando menos mínima– para poder empezar. Así que eso hice. Hablar de finanzas personales se puso de moda y me atrevería a decir que hoy lo hace casi cualquiera, pero hablar de inversiones es otra cosa, porque es ir un paso más allá del ahorro y el crédito.

En la Bolsa Mexicana de Valores.

Cuando me dijeron que la línea editorial de la revista iba a cambiar, me sentí en un serio aprieto, pues sabía algo de finanzas personales, pero de inversiones prácticamente nada. Como me dijo mi sabio jefe en ese entonces: “pues frente a este nuevo reto tienes dos opciones: renunciar o intentarlo”. Fueron las palabras mágicas que necesitaba para sentirme con ganas de emprender la aventura, porque si algo disfruto en esta vida es estudiar y aprender.

Estábamos estrenando casa editorial y valía la pena intentarlo. Así que me fui al lugar donde mejor me podían enseñar algo sobre inversión: la Bolsa Mexicana de Valores. Tomé un curso de introducción, de esos que están abiertos a todo el público y de precio accesible. Fueron cinco semanas intensivas de desmañanarse y quemarse las neuronas, pero logré pasar el examen y un nuevo mundo se me abrió.

De las finanzas personales a la inversión

Desde ese momento, dejé de tenerle miedo a una revista que se me metió en las venas, y la comencé a defender y promover a capa y espada, pues como dice Carlos Ponce, uno de nuestros columnistas favoritos: “la Bolsa es algo que se le debería de enseñar a los niños”. No sé qué tanto sirva la clase de matemáticas, pero una clase de finanzas básicas debería ser parte del currículo de educación básica. No tengo ninguna duda de ello.

Mi primer escritorio en Editorial Premiere.

Si con la etapa de finanzas personales de Inversionista había aprendido a poner mis deudas en orden, llevar un presupuesto y, muy importante, ahorrar; en definitiva, aplicar las estrategias de inversión que publicábamos fue revelador. Entendí que no es un mundo solo para ricos, sino para todos, y que hacer una fortuna lleva tiempo. Nada es gratis, ni hay caminos fáciles.

Por primera vez, la política me comenzó a interesar, pero vista desde la administración de recursos. Entendí por qué sucesos tan lejanos, como los que vemos en Europa, Medio Oriente o Asia, también nos afectan, y que no todo consiste en nuestra relación con Estados Unidos. 

Ranking de los mejores analistas financieros (que, por cierto, nos costó sangre poderlo publicar).

Conocí gente importante, pero también sumamente sencilla que compartía mi pasión por difundir estos temas, por convencer a las personas de que nos leyeran, pues sanear las finanzas e invertir no es una misión imposible, solo se requiere de unos cuantos conceptos, disciplina y paciencia.

De la tinta a los bytes

Aunado a lo anterior, desde el principio la conversión digital se volvió un reto personal, pues la revista no contaba con ninguna presencia en web, más allá de sus 300 seguidores en Twitter. El potencial en ese terreno era enorme. Con la carta abierta que me dieron mis distintos jefes en ese terreno y con la ayuda de los que saben, abrí un modesto blog de la revista, continué con Twitter y una página de Facebook. Establecí una estrategia y procuré ser constante, hasta donde la edición de la revista impresa me lo permitía. Me valí de todos los recursos que tenía a mi alcance y poco a poco nuestra presencia en línea comenzó a cobrar forma.

Me convertí en una defensora fiel de todos los mensajes que recibíamos de los lectores por todos los medios, porque sus cartas, correos, tuits y posts en Facebook eran el único sensor que teníamos para evaluar nuestro trabajo y recibir cierta retroalimentación.

Algunos de los mensajes positivos que recibíamos a través del blog y redes sociales.

Mi propio Inversionista

También hubo retos personales, pues mi primer jefe dejó el barco para emprender un nuevo proyecto, y a pesar de que se abrió la posibilidad de un ascenso tuve que ganármelo y pelear por él, enfrentando misoginia, traiciones y envidias de colegas. Pero en eso consiste la vida profesional: en luchar por llegar hasta donde uno quiere y si es en equipo, mejor.

Tuve diferencias con mi nuevo capitán porque su falta de liderazgo  y su inseguridad personal se hicieron presentes. El escenario implicó un manejo asertivo de mi temperamento y carácter; la serenidad –que nunca ha sido mi fuerte– fue imprescindible. Afortunadamente, en ese proceso también comenzaron a surgir amistades y un compañerismo ciego y leal entre algunos de los que formábamos parte de la editorial.

Algunos de los que formamos el equipo editorial.

Varias veces les he escuchado decir a los emprendedores: “creer en tu proyecto y dejar de comer por él, es lo que te saca adelante”. Tienen razón: el cariño que le tomé a la revista, pero sobre todo  los cambios que producía en la gente que nos leía se convirtieron en mi mayor recompensa y en mi mejor fuente de motivación.

El ascenso al fin llegó y la responsabilidad de actividades nuevas también. No como yo lo deseaba, porque la desconfianza inundaba a mi jefe, pero al menos pude obtener el título de editora en jefe e implementar algunos cambios. Fue una etapa en la que escribí y diseñé poco, pero corregí mucho y me metí en las entrañas de la planeación y administración de una revista. Fue una etapa de conocimiento de mí misma y de lo que era capaz de lograr.

El precio de la revista impresa fue depreciándose hasta volverse insostenible.

Sin embargo, debo admitir que el cansancio y la frustración de no consolidar lo que estábamos construyendo ya también comenzaban a aparecer. La revista necesitaba una convergencia digital con urgencia y, ante tantas negativas dentro de la editorial, comencé a pensar en un proyecto nuevo. Uno que dependiera principalmente de mí y que me ayudara a dar el siguiente paso en mi carrera: una maestría.

Era un reto personal y profesional que ya me había plateado tiempo atrás, pero nunca con la certeza de qué estudiar como ahora. Definitivamente, tenía que ser algo relacionado con negocios, pues toda la experiencia y conocimientos adquiridos en Inversionista debían servir para algo. Aunque tampoco quería dejar de ser periodista y, sobre todo, editora. Amo mi profesión y disfruto enormemente lo que hago. Entonces, tenía que encontrar la mezcla perfecta.

Parte del análisis de mercado que realicé en aquel entonces.

Una ruptura amorosa fue lo que me catapultó fuera del país, aunado al deseo de vivir una experiencia educativa más internacional. Comencé a buscar programas en el extranjero y la manera de financiarme el reto, pues ya estaba bastante grandecita como para pedirle a mis padres que me patrocinaran. Ya me habían ayudado bastante con mi extensa educación, tras pagarme dos licenciaturas. Además, si algo aprendí en Inversionista fue a construir los propios recursos.

Mi disciplina financiera desde que entré a la revista, y después de cuatro años de constancia, debía rendir frutos y era el momento de cosecharlos. Así que hablé con mucha gente: maestros, ex jefes, mentores, todos aquellos que son un ejemplo a seguir en mi carrera. Escuché el consejo de buenos colegas. Intenté conseguir becas sin éxito y los financiamientos me parecieron caros. Entonces, la respuesta la encontré en el autoempleo. Abracé la hermosa incertidumbre y libertad que te otorga , e  inicié la aventura.

Mi sección favorita era el Diván financiero, donde respondíamos a las preguntas que los lectores nos hacían llegar.

Tuve que dejar a mi último nuevo jefe, que nos habían asignado apenas cinco meses atrás y que había traído buenas ideas a la revista. Y aquí vale la pena hacer una pausa para hablar un poco de esta última etapa.

Decir hasta pronto

Se trataba de un director editorial que estaba seguro de que si algo sabía hacer bien eran revistas. Trajo consigo un optimismo imbatible que me logró contagiar, y me brindó una confianza ciega. Me reivindicó en mi puesto de editora en jefe y al fin me dio la libertad y respaldo que tanto había anhelado para ejecutarlo. Me hizo parte de sus decisiones y reuniones. Formamos un equipo fuerte, que a pesar de las enormes diferencias de carácter entre los miembros, no había duda de que había talento. Nos ayudó a conciliar entre nosotros. Reinventó la manera de presentar la información de la revista y por fin logramos esa consolidación que yo tanto había estado buscando dentro de la editorial y con nuestros lectores.

Frente a este escenario, tomar la decisión de irme fue mucho más complicada de lo que pensé, pues la historia de la nueva Inversionista apenas estaba empezando y no quería dejar de ser parte de ella. Había mucho que agradecer y que devolverle a la gente que siempre había creído en nosotros. Pero el paso ya estaba dado, ya había sido aceptada en la Universidad Complutense de Madrid para estudiar un MBA en Empresas e Instituciones Culturales, tenía la visa de estudiante y el boleto de avión listos.

Jorge Volpi fue uno de varios autores de libros a los que me tocó entrevistar como corresponsal.

Afortunadamente y tras varias pláticas de negociación, logré que se me diera la oportunidad de continuar como corresponsal de varias revistas, entre ellas, Inversionista, a la que siempre llevaré en el corazón.

Estuve en Madrid poco más de un año. Fue una etapa esencial de mi vida y de mi carrera como periodista. Hoy, de regreso en México, sigo con muchas ganas de seguir aprendiendo y de continuar escribiendo sobre todo aquello que llama mi atención de alguna manera y que vale la pena dar a conocer y compartir para saciar esa curiosidad irrefrenable que me llevó a convertirme en productora de contenidos editoriales.

¿Qué si Inversionista pudo cambiarle la vida a la personas? Por supuesto que sí. Yo soy un ejemplo de ello, y si lo dudan, no me cansaré de demostrárselos una y otra vez no solo con mi historia, sino con las que me siga topando por ahí, porque estoy segura que todos llevamos un inversionista dentro.

Diseño de la revista cuando llegué (2010) y cuando me fui (2014).

Un poco más…

Les dejo el blog, Facebook y Twitter de la revista, por si todavía no la conocen, que cabe decir dejé con más de 12 mil seguidores (y que estoy segura que quien llegó detrás de mí los seguirá aumentado)**.

Mi último escritorio en IASA Comunicación (Impresiones Aéreas).

*Este texto se lo dedico a Edgar2, José Manuel2, Julia, Sabrina, Charly, Diana, Vanessa, Gabriela, Matiana, Alejandro, Sergio, Juan Carlos, Oscar2, Iliana, Sayuri, Mini, Paco, Annie, Chema, quienes en algún momento me dejaron ser parte de su equipo de trabajo, y a todos los colaboradores y lectores de la revista, de los cuales nunca dejaré de sentirme agradecida por su confianza.

**Tristemente, la revista Inversionista dejó de existir en diciembre de 2014, por lo que si encuentran los enlaces anteriores abandonados o convertidos en otra cosa, ya saben por qué es.