Un pequeño reflejo

Para mí, en definitiva, ir a teatro o al cine es como emprender una aventura de exploración: a veces encuentras joyas y otras veces llanos entretenimientos. En esta ocasión me sucedió lo primero y ya era justo volver al teclado para compartirlo. Por eso, mis estimados lectores, antes que nada les ofrezco una disculpa por mi desaparición un tanto larga. No obstante, espero recompensarlos por completo.

En esta ocasión les quiero platicar de Más pequeños que el Guggenheim, una obra que quizá por el nombre pueda sonar inquietante, extraño o incomprensible en primera instancia. Pero créanme se trata de todo un hallazgo.

Esta obra tuvo su primera aparición en la Ciudad de México en un escenario pequeño ubicado a las orillas de la Condesa, conocido como Foro Shakespeare. Confieso que en aquella ocasión, hace ya algunos meses, no tuve oportunidad de verla; sin embargo, el boletín de prensa me bastó para recomendarla en la revista para la que trabajaba.

Tuve la fortuna de ser invitada de nuevo a verla, en una segunda temporada, en un foro más grande y retador: el Centro Cultural Helénico, ubicado en la colonia Guadalupe Inn. No lo pensé ni dos veces: esta vez no me la pierdo. Necesitaba quitarme la curiosidad.

Trataré no decirles más allá de la sinopsis y algunos aspectos técnicos para provocarlos y sembrarles la duda de ir a verla. Se trata de una obra de Alejandro Ricaño (autor y director) que narra la historia de dos amigos –un dramaturgo y un director– que emprenden un viaje al extranjero en busca de una historia que contar. Sí, esta obra se acerca a lo que se conoce como “el teatro dentro del teatro”.

La compañía teatral que la interpreta se llama tal cual Los Guggenheim, y está compuesta por cuatro actores: Adrián Vázquez (Sunday), Austin Morgan (Gorka), Hamlet Márquez (Jam) y Miguel Corral (Al). Quizá los nombres nos les digan mucho, quizá sí, pero les puedo asegurar que se tratan de verdaderos actores, hechos y derechos, como pocas veces se encuentran. Por supuesto, todo esto en su conjunto hace de la obra una verdadera genialidad, talento puro, pues.

En los pasillos del teatro, mientras esperaba entrar, escuché por ahí a uno de los productores de Ink Teatro decir: “sí, algo de realidad tiene esta obra”. Yo diría: “tiene todo de realidad”.

Es una dramaturgia que los hará reír hasta que les duelan los cachetes, pero no solo eso, sus diálogos tan inteligentes y el manejo del tiempo les estimulará tanto el intelecto, que no querrán perderse de nada. Incluso, desearán aprenderse algunas de las frases. Así que no me resta más que decirles que corran a agotar los boletos, pues esta segunda temporada quizá sea corta como la primera y quién sabe si exista una tercera, aunque lo deseo con todo el corazón.

Culmino diciéndoles: “¿Y el pato?… Nada”. Les aseguro que cuando vean la obra lo entenderán y se les dibujará una sonrisa (aun si están en el momento más difícil de sus vidas).