Del desamor a la locura solo hay un paso

Siempre he pensado que escribir desde el dolor no es tan bueno; sin embargo, debo admitir que de ese lugar muchas veces se desprenden historias increíbles, profundas y que se vuelven imprescindibles de compartir.

Este blog fue creado con la intención de pedir la palabra [así solía llamarse este espacio en 2012] para hablar de algún tema en específico, pero también es cierto que en ocasiones es mejor callar y escuchar. Por eso, estimados lectores, este espacio de repente sufre pausas, a veces más largas de lo que su creadora desearía, pero irremediablemente necesarias.

Hace poco me rompieron el corazón y la ilusión de un amor que parecía tener un futuro excitante. No tiene caso entrar en detalles de cómo fue, pues tampoco tiene nada de extraordinario. Por el contrario, se trata de una historia común y convencional, de esas que Televisa sabe retratar muy bien.

Pero lo que me motiva a hablar sobre ello es el proceso interior que he atravesado, pues una de las cosas que reveló esta historia fueron las fallas que a veces uno tiene como ser humano. Buenos amigos y buenos colegas me han rodeado en esta prueba del destino y debo decir que han surgido ideas maravillosas, algunas voluntaria y otras involuntariamente.

Pero si algo les puedo decir es que el desamor puede servir para construir, más que para destruir. Sí, no niego que la ira producida por el engaño nos puede llevar a lugares muy oscuros, pero si nos detenemos un momento a pensar, si hacemos una pausa, esa energía tan poderosa la podemos transformar en algo trascendental. La podemos canalizar hacia algo que nos rete a nosotros mismos y nos ponga a prueba de lo que somos capaces de lograr.

A estas alturas ya no es para nadie un secreto que mi camino a seguir fue empezar por lo elemental: cuidar las dos cosas más valiosas que tenemos y que nadie nos puede arrebatar, nuestra mente y nuestro cuerpo. Cada uno puede hacerlo a su manera. No es necesario practicar yoga para lograrlo ni ir con un psicoanalista o inscribirse al gimnasio y hacer una dieta; o quizá sí lo sea. Es decir, de lo que se trata es de encontrar aquello que nos hace sentido y nos hace mejorar nuestros hábitos y rutinas.

¿Cómo vamos a volver amar a alguien si primero no aprendemos a amarnos a nosotros mismos? Es una pregunta que me ha perseguido siempre. A veces estar con el otro nos hace dejar de escuchar nuestra propia voz. Con esto, no digo que debamos de alejarnos o cerrarnos a compartir con alguien más. No, de lo que se trata es de dialogar con lo que el otro nos produce y nosotros producimos. Dialogar, uno de mis verbos favoritos.

Este camino de vuelta al origen de lo que somos, como bien me dijo una persona sabia, es un camino de ida y vuelta constante, de ir construyendo una historia para que al final de nuestros días haya muchas páginas por repasar.

Disculpen, ustedes, que me ponga filosófica, como dicen algunos, pero era algo que necesitaba compartir, pues en este camino estamos todos y todos lo vamos construyendo juntos, incluso a veces sin darnos cuenta.

Aunque me falta toda una vida por vivir y un largo camino por recorrer, a veces me gusta hacer este tipo de pausas. No solo para compartir lo que veo, escucho o leo por ahí, como suelo hacerlo gracias a mi profesión de periodista, sino también para compartir experiencias de la vida cotidiana que seguramente, aunque pensamos que solo uno las vive de una manera, del otro lado del mundo existe alguien que las está viviendo igual. Recordemos que todos somos extranjeros en el mundo de los demás, pero bien vale la pena recorrer esos territorios, aunque para algunos de ellos debamos tramitar visa.

Entonces, en este viaje, por ahora solo me resta agradecer a todas las personas que han vivido de cerca o de lejos esta prueba de desamor, de locura, pero también de amor otra vez, algunos incluso sin saberlo. 

Dicen por ahí:

“Bien dicen que del odio al amor solo hay un paso, el mismo que existe del desamor a la locura”.

Anónimo

*Entrada dedicada a mis fieles compañeros de batalla: Patricia, Adriana, Cecilia, Diana, Marta, Linda, Marisol, Claudia, Merari, Ana, Maribel, Daniela; también Sebastián, Alejandro, Ricardo, Carlos, Edgar, Óscar, Iván, Hugo, Luis, Héctor… y todos los que con una simple palabra pueden cambiar el mundo, mi mundo.