En busca de Nowhereland

Sabía que en cuanto pusiera un pie afuera, mi vida cambiaría radicalmente: me volvería una viajera errante, un alma itinerante, sin un aquí ni un allá, en busca de un nuevo hogar al que me gustó bautizar como Nowhereland. Miré todo lo que había en mi recámara y con eso me bastó, ya no vi más allá, pues nada fuera de ella me pertenecía. Me tardé seis meses en conseguir los muebles que quería. Nada ostentoso, más bien lo básico: una cama, un buró, una cómoda, un librero, una televisión, un aparato de sonido y un reproductor de DVDs. ¡Bendito Muebles Dico y su dicoeconomía! Eso era todo lo que tenía y lo que consideraba indispensable para poder construir mi refugio. Algo de ropa, unos cuantos zapatos y muchos libros y películas de colección.

Todos mis recuerdos los archivé, mis trabajos de la universidad y todo el material que compré en las ventas de locura Lumen quedaron guardados en cajas. Le pedí a mi madre que me diera la oportunidad de dejarlas almacenadas en un closet del que fuera mi cuarto; agarré mis chivas y me salí a la vida “independiente”. Lo pongo entre comillas, pues uno de los primeros descubrimientos fue que de independiente no tiene mucho, solo libre quizá.

Estuve buscando, literalmente, por años, un departamento que se ajustara a lo que podía pagar y que estuviera en una zona más o menos céntrica para que no tuviera que seguir haciendo los viajes infernales en el tránsito a mi trabajo. Años, al menos dos, pasaron y un día un poco movida por la desesperación, como si alguien hubiera escuchado mis plegarias, apareció un mensaje en Facebook de una antigua compañera de la universidad diciendo “busco roomie”. Sin pensarlo, le escribí diciéndole que me interesaba y al día siguiente fui a conocer el lugar ofertado. De inmediato le dije que me mudaba y ahí comenzó lo que sería un gran salto al vacío.

La vida es sabia y siempre he pensado que las cosas pasan por algo, nada es fortuito. Así que para seguir comprobando mi teoría, justo cuando me armé de valor para independizarme de mis padres y había encontrado el lugar perfecto para hacerlo, me dicen que la editorial donde trabajo sencillamente no existe más.

Apenas llevaba siete meses trabajando y de alguna manera –decían– yo sería de las menos afectadas al momento de la liquidación. El problema es que había vivido un calvario para que alguien me diera la oportunidad de continuar con mi carrera de editora y, de alguna manera, sentía que todo había sido muy efímero.

¿Y ahora qué?…

Muchas promesas se me hicieron, muchos rumores corrieron; por un momento, el pánico me invadió: ¿cómo podía estar sucediendo esto justo cuando acababa de empezar a rentar un espacio para mí? Mi nueva recámara era pequeñita y parecía un mini laberinto, aún seguía sin explicarme cómo había logrado acomodar ahí todo lo que tenía, pero finalmente era mío y lo estaba pagando con lágrimas y sangre.

La adrenalina invadió todos mis pensamientos y me aferré a la idea de no ver para atrás, de no regresar el camino hasta ahora avanzado. Yo había soñado con tener un hogar propio y no me pensaba dar por vencido tan fácil. Pasó un año, la revista donde trabajo fue comprada por otra editorial y conservé la posibilidad de seguir pagando una renta, pero –como lo mencioné antes– lo que yo había pensado que ya era conquista ganada, en realidad era una prueba de sobrevivencia que acababa de comenzar.

Compartir un departamento no es nada fácil, existen costumbres, modos y maneras distintas de vivir que muchas veces resultan difíciles de combinar. Si no fuera por una armadura de muchísima paciencia y tolerancia, sería muy sencillo salir perdiendo de una posible guerra. Pero yo hasta cierto punto había sido afortunada, pues la experiencia de vivir en un país extranjero con una compatriota que no conocía, me sirvió de ejercicio para aprender a convivir.

Por unos meses las cosas comenzaron por fin a fluir, mi vida seguía siendo un caos en materia laboral, pero al menos parecía que comenzaba a tener el tan ansiado hogar propio. Sin embargo, nuevamente, como el volcán que revive, una de las roomies nos da la bienvenida al año nuevo con la noticia de que nos deja, pues planea continuar con sus planes de desarrollo personal. Era un excelente una noticia, a no ser por las implicaciones que ésta tenía: teníamos que conseguir un aval, firmar un contrato de renta por un año, una nueva roomie y lo más importante: la confianza del dueño del departamento de la que hasta ahora solo gozaba la compañera que estaba por dejarnos.

Para mí fue inevitable cuestionarme si quería seguir viviendo bajo esas condiciones, ¿realmente estaba caminando hacia adelante? Y más importante aun, ¿avanzarme estaba haciendo verdaderamente feliz? Ha sido difícil contestar esas preguntas.

De nuevo, compartir departamento no es vivir solo o ser absolutamente independiente, porque finalmente los espacios, las costumbres y las rutinas son compartidas, nos guste o no, nos caiga bien la otra persona o no.

Es cierto que vivir compartiendo piso tiene algunas ventajas, o bueno, quizá principalmente una: los gastos se dividen y, en términos ideales, las responsabilidades que genera el mismo también, aunque no siempre sucede así. Además, al forzarse a compartir un departamento también se práctica todos los días un ejercicio de tolerancia y es el recordatorio perfecto de que en este mundo no estamos solos, ni se pueden hacer las cosas a nuestro antojo; es decir, es un recordatorio de que en esta vida uno siempre tiene que aprender y reaprender a negociar.

Alguna vez conocí a una mujer que cumplió su sueño de vivir sola; sin embargo, cargó con todos sus prejuicios, se volvieron sus mejores compañeros y era sencillamente imposible convivir con ella, si no se hacía exactamente todo como ella quería. Definitivamente, yo no quiero convertirme en alguien así y siempre preferiré la compañía que el control o dominio del otro.

Entonces, ¿cómo hacerle?

Quizá la respuesta no sea nada sencilla, pero si a fuerza la queremos “sencilla”, entonces, “sencillamente” es aguantar, seguir siendo paciente, seguir siendo tolerante y seguir aprendiendo a convivir en el mismo espacio con otras personas con las que compartimos un techo. Y si de plano esto no es suficiente, entonces, quizá sea el momento de volverse a replantear cómo construir ese ansiado hogar. ¿Buscar nuevos roomies? Quizá.