La colección privada del barón

Como buena turista y amante del arte, una de mis primeras paradas en Madrid fue el Museo Thyssen-Bornemiza. ¿Por qué no el Prado? La razón es fortuita y sencilla: la entrada al Thyssen los lunes es gratuita.

No sé si fue por mi irremediable distracción o por una mala museografía, pero el recorrido lo hice al revés; es decir, del final al inicio, de las vanguardias del siglo XX al renacimiento. Resulta que es un museo que debe visitarse de arriba hacia abajo y no al revés, como lo hice yo. El error no fue grave, al contrario, creo que solo fue una manera distinta de leer la colección.

Del hobbie al patrimonio

Edgar Degas

Esta colección que nació como privada es probablemente una de las más grandes e importantes del mundo. Fue formada básicamente por dos generaciones: el barón Heinrich Thyssen-Bornemiza y su hijo, Hans, desde los años 20 hasta principios del siglo XXI. Sobrevivió a las dos guerras mundiales y a los intereses particulares de la familia, y fue en 1992 cuando el gobierno español decidió comprar el conjunto de más de 750 obras por $350 millones de dólares para convertirlo en patrimonio del pueblo.

La colección está ubicada en lo que fue el Palacio de Villahermosa, y se completa por una extensión moderna, donde suelen darse las exposiciones temporales, y la colección de la viuda del barón, Carmen Thyssen-Bornemiza, quien ha continuado hasta la fecha con la tradición familiar.

Por la misma razón, como era de esperarse, el museo recibe a los visitantes con unas pinturas de buen tamaño tanto de los barones como de los reyes de España –nada espectacular–, y unas cuantas piezas de Rodin –por no dejar– en la parte central.

Las joyas de la corona

Vasili Kandinski

Quizá porque fue el primer museo que recorrí, pero debo decir que lo disfruté. Sin embargo, no puedo dejar de admitir que su museografía representa un problema, pues constantemente me perdía y no sabía por dónde comenzar las salas: si girar a la derecha o al izquierda o continuar de frente. Es un laberinto un poco difícil de descifrar.

El espacio entre obras y sus fichas técnicas son decorosos, pero nada espectacular. Sin duda, lo que son las verdaderas “joyas de la corona” del museo son algunos de sus cuadros y la cantidad de artistas expuestos. Da la sensación de que nadie falta, como bien se narra en su sitio web:

Roy Lichtenstein

En una etapa inicial el barón siguió adquiriendo pintura antigua y, a partir de los años 60, inició la colección de Maestros Modernos. Su interés se concentró al principio en las obras del expresionismo alemán, un arte considerado “degenerado” por los nazis, que destruyeron gran parte de estas obras. Poco a poco, la fascinación que sentía por los expresionistas alemanes le condujo a la adquisición de obras de artistas de vanguardia rusos, neerlandeses y otros pioneros del arte abstracto. Y así, llegó a hacerse de importantes obras impresionistas, postimpresionistas, pintura europea de principios de siglo, pintura inglesa de la postguerra y pintura norteamericana de los siglos XIX y XX.

Si me preguntan, mi parte de la colección favorita es la que corresponde a las vanguardias, quizá porque es uno de los periodos de la historia del arte que más me fascina.

El cascarón

Entrada del museo.

Sobre el palacio que alberga el museo, no hay mucho decir: bonito, nada más. Aunque no me termina de convencer esa parte moderna que alberga la colección de la baronesa, la cual se ve extraña, aunque debo decir que su blancura hace que no se rompa el conjunto visual.

Por cierto, algo inusual es que te dejan tomar fotos de todas las obras contenidas en el museo, por lo que aquí les puedo compartir unas.

Un poco más…

Por si tienen curiosidad, dos de las colecciones privadas más grandes e importantes en México con la de Carlos Slim, exhibida en el Museo Soumaya, y la de Eugenio López, abierta al público en el Museo Júmex. Les dejo los links de los tres espacios mencionados aquí para que les echen un ojo y los visiten (cuando menos los que están en la CDMX).